jueves, 1 de septiembre de 2011

VIEJAS GLORIAS: DESINTOXICACIÓN

El médico me prohibió leer. Cogió un bolígrafo y anotó algo sobre el cuaderno. Le hubiese quitado el boli allí mismo. Apreté los puños por debajo de la mesa y mentí: quiero dejarlo. De momento, no iban a internarme, pero debía olvidarme de los libros. Si no lograba vencer la enfermedad tendrían que meterme en esa clínica tan prestigiosa para escritores. Me hicieron pasar a una sala mientras el médico hablaba con mis padres. Al llegar a casa, tiraron los libros que tenía escondidos debajo de la cama y dieron mi nombre en las pocas librerías y bibliotecas que quedaban abiertas para que me prohibiesen la entrada. Nunca me dejaban solo. Les engañaba. Me encerraba en el baño y leía la composición de los champúes o les acompañaba al supermercado y me paraba en la sección de congelados a repasar los ingredientes. Pero me sabía a poco. Empecé a robar. En el metro miraba de reojo al viajero de al lado y me hacía con nombres y adjetivos del periódico que estaba leyendo. Pillé un verbo transitivo de una carta del banco que sustraje del buzón del vecino. Conseguí dos preposiciones en un carnet de identidad y algunos adverbios, aunque terminados en mente, en un folleto que me dieron en la calle. Cuando asalté una biblioteca, me internaron. El día que entré en la clínica, vi salir a Juan Manuel de Prada. Había adelgazado y no llevaba esas gafas de pasta que le caracterizan. Tenía mejor aspecto. En mi grupo de terapia, reconocí a Lorenzo Silva, aunque la mayoría éramos gente anónima. Pronto descubrí el mercado negro. Al apagar las luces de las habitaciones, nos reuníamos en los baños y traficábamos con palabras. Cambiábamos adverbios por preposiciones y dábamos nuestra alma por encontrar a quien tuviese el adjetivo perfecto. Por la noche componíamos historias, las memorizábamos y al día siguiente, a la hora del paseo, lejos de los ojos de los enfermeros que se distraían con la televisión, nos las contábamos. Cuando salí, todos pensaban que me había curado.


Mientras me desperezo y retomo el hábito de escribir, un viejo microrrelato que recibió el segundo premio en la III Edición del Premio Microrrelatos de El Basar, allá por el año 2007.

3 comentarios:

  1. Qué bueno. Al comenzar a leer pensaba que iba a ser un Alonso Quijano moderno. Para mí, la mejor frase es la que usas para que ya se desparrame todo XD, ésta: "Pillé un verbo transitivo de una carta del banco que sustraje del buzón del vecino. "

    Yo creo que a Vila-Matas le debe pasar algo parecido, que se lo vi en la mirada en una feria del libro, sisi.

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  2. Me encantó el relato. Muy divertido imaginar lo de robar los adjetivos o adverbios, traficar con palabras...
    Espero que te despereces pronto y nos ofrezcas otra perla.

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  3. Recordaba este texto, siempre me pareció buenísimo.

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